Asha Sharma, flamante CEO de Xbox, anunció este miércoles el despido de 1.600 empleados en su división, parte de un plan que prevé reducir hasta 3.200 puestos este año. La medida, publicada días después de que la Reserva Federal estadounidense nombrara a Sharma en un grupo que asesora sobre «empleo y productividad en la era de la IA«, genera una ironía: quien acaba de decidir qué trabajo sobra en su empresa ahora opinará sobre qué trabajo sobra a nivel general.

Los números de Xbox son contundentes: la división perdió 64 centavos por cada dólar invertido en estudios pequeños, con márgenes de tres a diez veces peores que otros negocios. Sin embargo, en su comunicado, Sharma negó que la IA sea el responsable de los recortes, afirmando que la empresa reorienta la plantilla y la inversión hacia prioridades en inteligencia artificial. La contradicción es clave: se corta en áreas que ya no generan ganancias, mientras se inyecta dinero en proyectos que aún no muestran retorno.

El patrón se repite en empresas como Amazon, que despidió 16.000 trabajadores en su segunda ronda de ajustes en tres meses, mientras invierte 200.000 millones en infraestructura de IA. Meta, por su parte, eliminó un 10% de su plantilla mientras aumentó gastos en centros de datos. Google vació parte de su unidad Cloud, justificando la medida como «reinvertir en áreas de crecimiento, como la IA». Incluso Cloudflare, que recortó 1.100 empleados, argumentó que «se prepara para la era agéntica».

La estrategia se basa en una sola idea: la IA no solo justifica el corte de costos, sino también la expansión. Las empresas usan la tecnología como un argumento universal para justificar tanto recortes como inversiones. La clave no es reemplazar a personas, sino reorientar el trabajo hacia proyectos que, en teoría, son más productivos. El desafío es entender cómo se prioriza el gasto cuando la IA no solo reduce costos, sino que también redefine el valor del trabajo humano.

La tendencia sugiere que la IA actúa como un espejo: refleja las prioridades de las empresas, ya sea para recortar o expandirse. Si bien las decisiones son estratégicas, la falta de transparencia en los criterios de reorientación plantea preguntas sobre cómo se define el valor laboral en una era donde la tecnología reconfigura la economía.