El mar de Aral, ubicado entre Kazajistán y Uzbekistán, fue el cuarto lago más grande del mundo hasta que, a partir de la década de 1960, la desecación provocada por la agricultura intensiva en la región transformó su superficie en un desierto salino. Hoy, su lecho seco se convirtió en una gigantesca fuente emisora de CO2, según un estudio liderado por un equipo español. Desde su desaparición, el área ha liberado 748 millones de toneladas de carbono, cantidad equivalente a las emisiones anuales combinadas de tres países europeos.

El mecanismo detrás de esta emisión es complejo. Los lagos y humedales actúan como sumideros naturales al retener el carbono que la vegetación absorbe en la fotosíntesis. Sin embargo, al secarse, el agua que los cubría se convierte en un «tapón» que aísla los sedimentos del oxígeno atmosférico. Cuando desaparece, ese oxígeno penetra rápidamente en las capas de tierra, activando microorganismos que descomponen la materia orgánica y liberan CO2. En el caso del Aral, la combinación de la desecación y la agricultura regada generó un equilibrio en el que los beneficios del cultivo se veían superados por las emisiones del suelo.

La propuesta de los científicos españoles se basa en rellenar el lecho con agua para restablecer ese tapón. «Si rellenamos el Aral, detendríamos la emisión de gases y recuperaríamos parte del carbono acumulado», explica un investigador del proyecto. El desafío, sin embargo, es enorme: se necesitarían miles de millones de metros cúbicos de agua, lo que plantea cuestiones sobre la viabilidad técnica y el impacto en otros ecosistemas.

El estudio no solo aborda el problema del Aral, sino que también pone en evidencia cómo la alteración de ecosistemas acuáticos puede generar efectos climáticos globales. «El Aral es un ejemplo extremo de cómo la actividad humana puede alterar ciclos naturales», dice otro miembro del equipo. La solución propuesta, aunque radical, podría inspirar nuevas estrategias para mitigar el cambio climático en otros puntos críticos del planeta.

La propuesta de rellenar el mar de Aral con agua para capturar CO2 resalta la urgencia de reevaluar cómo los seres humanos interactúan con los ecosistemas. Aunque el plan enfrenta desafíos técnicos y éticos, su relevancia radica en mostrar cómo la restauración de espacios naturales podría ser una herramienta clave en la lucha contra el calentamiento global.