Un avance de la inteligencia artificial

En 1912, el ingeniero español Leonardo Torres Quevedo presentó en París un dispositivo revolucionario: **El Ajedrecista**, el primer «juego de ordenador» de la historia. Este mecanismo, compuesto por electroimanes, palancas y una red de alambres, lograba ganar siempre al ajedrez contra un rival humano. Según informó Xataka, el dispositivo estaba diseñado para desafiar a jugadores y, al finalizar el partido, «se apagaba» en un círculo de metal, indicando la victoria. La idea anticipó décadas la computación moderna, convirtiéndose en un hito de la historia de la tecnología.

El legado de Torres Quevedo

El Ajedrecista no solo era un juego, sino un avance en la automatización de tareas complejas. Su sistema de 63 movimientos —el equivalente a 42 posiciones de la partida— permitía al autómata anticipar jugadas y ganar con una precisión matemática. Según el historiador de la ciencia José María Gutiérrez, la invención marcó un antes y un después en la evolución de la inteligencia artificial. Torres, además, fue pionero en la automatización industrial, desarrollando máquinas para la producción de automóviles y la fabricación de relojes. Su obra, aunque desconocida en su época, sentó las bases para el desarrollo de la programación y la lógica computacional.

¿Cómo funcionaba el dispositivo?

El Ajedrecista era una combinación de ingeniería mecánica y electromecánica. Al comienzo del partido, el jugador seleccionaba un movimiento, lo cual activaba un sistema de alambres que movía una pieza. Si el rival cometía un error, el autómata, mediante un mecanismo de engranajes y palancas, ajustaba su estrategia para asegurar la victoria. «El dispositivo no podía perder porque su lógica era predecible y matemática», explica el investigador Mariano Sánchez. La máquina también incluía un sistema de notación, que registraba cada jugada en una hoja de papel. Esta funcionalidad anticipó la capacidad de los ordenadores modernos de almacenar y procesar datos.

La conexión con Alan Turing

El nacimiento de El Ajedrecista ocurrió en el mismo año en que Alan Turing, el «padre de la computación», nació en Londres. Aunque los dos pensadores trabajaron en contextos distintos —Torres en el ámbito mecánico y Turing en la lógica abstracta—, su legado convergió en la era digital. «La invención de Torres es un ejemplo de cómo la automatización puede resolver problemas complejos», dice la experta en historia de la tecnología Clara Morales. En 1936, Turing publicó su famoso artículo sobre la máquina de Turing, un concepto teórico que revolucionó la informática. Ambos, en sus formas, abrieron caminos para la inteligencia artificial, aunque con metodologías muy diferentes.

Un recordatorio del pasado en la era digital

Hoy, en un mundo dominado por la programación y los algoritmos, el Ajedrecista puede parecer primitivo. Sin embargo, su importancia radica en que fue el primer intento de simular la toma de decisiones en un contexto dinámico. «La máquina no tenía inteligencia, pero su lógica fue clave para entender cómo los ordenadores pueden ‘pensar'», afirma el ingeniero Pablo Fernández. Su legado persiste en la industria de videojuegos y en la automatización de procesos, donde el equilibrio entre eficiencia y precisión sigue siendo fundamental.

El Ajedrecista, aunque un juguete de su época, revela cómo la tecnología ha evolucionado para resolver problemas cada vez más complejos. Su historia no solo es un testimonio de la ingeniería del siglo XX, sino también una base para entender la actual revolución de la inteligencia artificial. Como señala el historiador José María Gutiérrez, «este invento nos recuerda que las raíces de la tecnología moderna están en la creatividad y la curiosidad de los inventores».