El tradicional castigo escolar no resuelve el problema

Según informó Xataka, La práctica de expulsar a alumnos por mal comportamiento —un método común en instituciones educativas— está siendo cuestionada por estudios recientes. Según un análisis publicado por la Asociación Estadounidense de Psicología, este enfoque no solo no mejora el comportamiento de los estudiantes, sino que también aumenta el riesgo de abandono escolar y peores resultados académicos.

«Expulsar a un estudiante no lo convierte en un mejor comportador ni lo prepara para el mundo laboral», afirma el estudio, que analizó datos de más de 200 escuelas en Estados Unidos. Los hallazgos sugieren que las expulsiones suelen afectar especialmente a estudiantes de minorías étnicas y de bajos ingresos, quienes suelen tener menos acceso a recursos para rehabilitar su conducta.

El problema no solo se limita a la disciplina escolar. En muchos casos, la expulsión se convierte en un círculo vicioso: los estudiantes con dificultades socioemocionales son expulsados, lo que les impide recibir la atención psicológica o educativa necesaria para mejorar. «Este modelo no aborda las causas subyacentes del mal comportamiento, como la falta de apoyo familiar o la ansiedad», explica un psicólogo educativo citado en el estudio.

Alternativas que mejoran el clima escolar

Los investigadores proponen enfoques más inclusivos, como la medición de habilidades socioemocionales y la intervención temprana. Estos métodos, según el estudio, no solo reducen el abandono escolar, sino que también mejoran el bienestar psicológico de los estudiantes.

Un ejemplo práctico es la implementación de programas de «resolución de conflictos» en colegios. Estos programas enseñan a los estudiantes a gestionar sus emociones y a resolver desacuerdos sin recurrir a la violencia. «Estos métodos no solo mejoran el clima escolar, sino que también preparan a los estudiantes para la vida adulta», afirma la investigadora principal del estudio.

En Argentina, instituciones como el Colegio San José de Buenos Aires han adoptado estrategias similares. «Estamos enfocados en entender las raíces del mal comportamiento, no solo castigar», explica un director de la institución. Los resultados, según el director, incluyen una reducción del 30% en el número de expulsiones y un aumento en la participación de estudiantes en actividades extracurriculares.

El estudio también destaca la importancia de la formación docente. «Los profesores deben estar capacitados para identificar señales de ansiedad o trauma en los estudiantes y ofrecerles herramientas de apoyo», dice el experto. En algunos casos, programas de acompañamiento psicológico dentro de las escuelas han mostrado una mejora significativa en el comportamiento y el rendimiento de los alumnos.

¿Por qué este cambio es urgente en la educación argentina?

La situación en Argentina no es distinta: según datos del Ministerio de Educación, el 15% de los estudiantes de secundaria abandonan las escuelas antes de terminar el ciclo. Muchos de estos casos están relacionados con conductas desfavorables, pero la solución no es expulsar, sino invertir en programas que aborden las causas.

«En Argentina, las expulsiones suelen ser la última opción, pero en muchos casos, no son efectivas», señala un investigador del Instituto de Educación y Desarrollo. «Lo que necesitamos es una red de apoyo que incluya a familias, profesores y psicólogos, no solo castigos».

El estudio también resalta la importancia de la inclusión. «Los estudiantes que se sienten valorados y comprendidos tienen menos probabilidades de mostrar conductas disruptivas», explica la investigadora. En este sentido, las escuelas que han implementado políticas de bienestar integral han registrado una mejora en el clima de la institución y una menor tasa de abandono.

La propuesta de alternativas al castigo escolar no solo beneficia a los estudiantes, sino que también transforma el entorno educativo. En Argentina, donde el abandono escolar sigue siendo un problema crítico, adoptar enfoques basados en la comprensión y el apoyo puede marcar la diferencia. «No es solo una cuestión de disciplina, sino de inversión en el futuro de los jóvenes», concluye el estudio.