El fenómeno del karōshi, el exceso de trabajo que lleva a enfermedades o fallecimientos, sigue escalando en Japón. Según datos oficiales, el año fiscal 2025 marcó un récord con 1.310 casos reconocidos por el gobierno, pero el número de solicitudes alcanzó 6.212, un salto alarmante. Esta tendencia, que ya se repite desde 2021, refleja una situación que no solo persiste, sino que se agudiza. El Ministerio de Salud alerta que estos registros son solo una parte de la realidad, ya que miles de casos no alcanzan el umbral para ser formalizados.

La crisis no es nueva. Desde los años 90, el karōshi se ha convertido en un símbolo de la cultura laboral japonesa, donde el esfuerzo excesivo se asocia a la dedicación. Sin embargo, la situación ha empeorado con la crisis económica y la presión por productividad. Aunque el gobierno lanzó iniciativas para reducir la carga laboral, como la ley de horarios flexibles, no ha logrado detener la escalada. El problema se agrava porque las empresas, especialmente en sectores como tecnología o manufactura, siguen priorizando la eficiencia sobre la salud de sus empleados.

Las cifras revelan una tendencia preocupante: en 2025, el número de solicitudes duplicó al de 2024, y el promedio anual de casos en los últimos cuatro años supera el millar. El diario Nippon advirtió a finales de 2024 que el aumento no era un fenómeno puntual, sino una evolución estructural. La dificultad para demostrar causas directas entre el esfuerzo laboral y los efectos en la salud complica el proceso de indemnización, lo que lleva a que muchas solicitudes queden pendientes.

El impacto social es profundo. Trabajadores en sectores como logística, servicios o tecnología reportan síntomas como estrés crónico, insomnio y problemas cardíacos, en muchos casos graves. La falta de medidas efectivas deja a las víctimas sin garantías, mientras que la cultura de la responsabilidad individual prevalece sobre el colectivo. Para el Ministerio de Salud, la clave está en reformar las normativas de trabajo y fomentar una cultura de bienestar, pero hasta ahora, la respuesta ha sido insuficiente.

El gobierno japonés enfrenta una batalla sin fin contra el karōshi, un problema que combina factores culturales, económicos y sociales. Mientras los casos siguen creciendo, la falta de políticas efectivas deja a los trabajadores en una situación precaria, sin visión clara de cuándo se detendrá la escalada.