En el partido de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra en el Mundial de 1966, Antonio Rattín, jugador del seleccionado argentino, fue expulsado tras intentar comunicarse con el árbitro alemán Rudolf Kreitlein. Sus gestos vehementes, sin embargo, no lograron hacerse entender, y el colegiado decidió aplicar la regla de violencia verbal. El jugador, enojado, se negó a abandonar el campo hasta que Kenneth George Aston, miembro del Comité de Árbitros de la FIFA, intervino para resolver la situación.

Ese episodio, aunque aislado, reveló un problema recurrente en el fútbol antes de la institucionalización del sistema de tarjetas. Antes de 1966, las reglas del juego eran ambiguas y las disputas terminaban en peleas o sanciones arbitrarias. En 1962, el choque entre Chile e Italia en el Mundial fue conocido como «la Batalla de Santiago» por la violencia que se desató en el estadio. Los jugadores, sin mecanismos claros para entender las decisiones del arbitraje, enfrentaban conflictos que a menudo terminaban en sanciones inadecuadas.

La FIFA, al observar casos como el de Rattín, decidió estandarizar el sistema de castigos. En 1967, se lanzaron las tarjetas amarillas y rojas como herramienta visual y universal para comunicar sanciones. La IFAB, conformada por las asociaciones de fútbol de Reino Unido y la FIFA, garantizó que los jugadores, entrenadores y aficionados entendieran las reglas de forma inmediata. Esta medida no solo redujo la violencia en el terreno de juego, sino que también profesionalizó la gestión del fútbol.

El incidente de 1966 fue un antes y un después. La expulsión de Rattín, aunque no fue la primera, marcó el punto de inflexión para unificar la comunicación en el deporte. Hoy, cuando un árbitro levanta una tarjeta, todos en el estadio, desde el entrenador hasta el hincha más recalcitrante, saben qué significa. Gracias a eso, el fútbol evitó el caos y se convirtió en un deporte más justo y comprensible para todos.

La introducción de las tarjetas amarillas y rojas no solo resolvió un problema de comunicación, sino que también transformó el fútbol en un deporte más ordenado y accesible. El caso de Rattín, aunque simbólico, sentó las bases para un sistema que hoy es ineludible.