El poeta José Hernández nunca imaginó que la migración redefiniría la identidad. Hoy, en la Copa del Mundo, la tensión se vive en familias. Cuatro hermanos competirán por equipos distintos, como si el fútbol hiciera de los campos una arena de desafíos familiares.

En Estados Unidos, Canadá y México, la paradoja será palpable. Desde el arranque de los cuartos de final, los hermanos se enfrentarán en la misma cancha, pero en bandos opuestos. La historia más reciente la escribieron los Doué, franceses que se cruzaron en un amistoso. Guéla anotó, Désiré quedó en el banco. Al final, abrazados, recordaron que la sangre no cambia.

Los hermanos Doué crecieron juntos en Angers. Su padre, de origen marfileño, los entrenó desde chicos. «Mi hermano siempre estuvo a mi lado», dijo Guéla. En el fútbol, el camino fue compartido. Luego de que Guéla fichara por Rennes, Désiré lo siguió. Ahora, en la selección francesa, el destino los separa.

Otras tres parejas vivirán la misma situación. En el fútbol, los hermanos se convierten en rivales, pero en casa, en la familia, son el cimiento. La Copa del Mundo no solo es un torneo, es un espejo de lo que se mueve en las entrañas de los pueblos.

Los hermanos se enfrentarán en el Mundial, pero su historia trasciende los partidos. En cada jugada, se dibuja una lucha entre lo personal y lo colectivo, donde el fútbol no solo decide campeones, sino también cómo se siente pertenecer a una familia.