La guerra con Estados Unidos e Israel, que entró en escena el 28 de febrero con bombardeos contra Irán, ha convertido la economía del país en una «resistencia» para sobrevivir. Familias como la de Mahzad Azari, una comerciante de 21 años, están atrapadas en decisiones que marcan la línea entre el hambre y la educación. «Si un día tomo un taxi, ya no me alcanza para comprar el almuerzo», dice, mientras se pregunta si puede ahorrar para pagar sus clases de inglés. Esta situación se repite en cientos de hogares, donde cada peso se calcula con precisión para evitar la insostenibilidad.

La lucha por cada peso

La moneda iraní, ya devaluada por décadas de sanciones, se desploma frente a la dólar: 1,88 millones de riales por dólar el miércoles, frente a 1,65 millones antes del conflicto. La inflación, que alcanzó el 66% interanual a finales de julio, acelera la pérdida de poder adquisitivo. Para Fahimeh, empleada de 29 años que tiene dos trabajos, la crisis significa renunciar a diversiones como el cine o la comida italiana a domicilio. «Todo es una cuestión de sobrevivencia», dice, mientras esconde su nombre por razones de seguridad.

La crisis se agrava con la guerra

El conflicto, que vivió una tregua en abril y un acuerdo en junio, se reanudó en julio, marcando un antes y un después en la economía del país. La guerra no solo arrasó infraestructura, sino que exacerbó un sistema ya frágil. Las sanciones internacionales, que ya afectaban el comercio, ahora se multiplican por la guerra. Los avances diplomáticos de primavera, que generaron expectativas de estabilidad, quedaron en el aire tras el regreso de los bombardeos. La población, en medio de la incertidumbre, enfrenta una realidad que se vuelve cada vez más difícil: el salario no alcanza, el alimento es escaso y la moneda es inestable.

Entre la hiperinflación y las protestas

Desde el 2022, Irán vive una crisis económica que se profundiza con la guerra. La hiperinflación crónica, unida a la caída del valor del rial, ha reducido el poder adquisitivo de la población en un 70% en apenas un año. Las manifestaciones de diciembre, que reclamaban mejores condiciones de vida, reflejan la frustración acumulada. «La guerra no solo destruye edificios, destruye vidas», afirma un activista, que no quiere revelar su nombre. La situación se vuelve compleja cuando se considera que el país también enfrenta un escasez de combustible, alimentos y medicinas, cuyos precios se disparan cada semana.

¿Qué viene después?

La crisis no solo afecta a las familias, sino a la infraestructura nacional. La energía eléctrica, ya inestable, se ve mermada por la guerra y la falta de recursos. El sistema de salud, que ya lucha por atender a todos, ahora enfrenta la crisis de medicamentos. El gobierno, que en los últimos meses ha intentado controlar la situación mediante planes de austeridad, enfrenta críticas por no abordar las causas estructurales. «La gente no quiere solo ayuda, quiere justicia», afirma un ingeniero, que vive en la capital. Mientras tanto, el conflicto sigue en marcha, y con él, la incertidumbre económica.

La guerra con EE.UU. e Israel ha transformado la economía iraní en una batalla diaria por supervivencia. Los ciudadanos luchan por cada peso, mientras el sistema se desmorona bajo la presión de la inflación y la devaluación. La crisis, que ya era crítica, ahora se acelera, dejando a millones en una situación de vulnerabilidad extrema. La población, sin respuestas claras, sigue luchando por mantener el equilibrio entre necesidades básicas y el futuro incierto.