En 1991, dos alpinistas alemanes encontraron un cuerpo helado en los Alpes de Ötztal, cerca de la frontera entre Austria y Italia. Al principio lo tomaron por un cadáver moderno, pero descubrieron que se trataba de un hombre que murió alrededor del 3255 a. C., hace más de 5.300 años. Su muerte fue causada por una flecha en el hombro, y su cuerpo quedó atrapado en hielo, convirtiéndose en la momia más antigua conocida en Europa.

Hace tiempo, Ötzi era un objeto clave para estudiar la vida en la Edad del Cobre. Pero un nuevo análisis lo transformó en un ecosistema vivo. Un equipo de investigación encontró que dentro de su cuerpo se habían conservado microorganismos. Entre ellos, cepas de levaduras como Glaciozyma, Goffeauzyma, Mrakia y Phenoliferia, que podrían haber dormido siglos en el frío. Algunas de esas levaduras aún mantienen actividad metabólica, lo que sorprende a los científicos.

Además, se identificaron bacterias intestinales como Romboutsia hominis, Clostridium moniliforme y Ruminococcus bromii. Estos microbios, que vivían en el cuerpo de Ötzi, podrían haber ayudado a digerir su dieta de la época, que incluía carne, cereales y plantas. La presencia de estas especies muestra que la vida no se detiene incluso en la muerte, al menos en condiciones extremas.

El hallazgo resalta la capacidad de los microorganismos para sobrevivir en ambientes inhóspitos, lo que tiene implicaciones para la biología y la exploración espacial. Si ciertos seres pueden resistir 5.300 años de congelación, quizás puedan adaptarse a entornos similares en otros planetas o lunas. La ciencia ahora mira al «hombre de hielo» no solo como un relicario, sino como un laboratorio natural de resistencia extremo.