El calor se adueña de Francia nuevamente, con temperaturas que superan los 40 grados en zonas como el norte del país. Los termómetros no dejan de trepar, y los hogares y negocios enfrentan una crisis de suministro de climatizadores. En el Bazar de la Electricité, uno de los almacenes más conocidos de París, se anuncia que los ventiladores están agotados, un escenario repetido en tiendas como Darty o Carrefour. Los equipos chinos, los únicos disponibles, no llegan a tiempo, dejando a la población en una situación crítica.

La situación se complica por las restricciones de uso. En el norte de Francia, donde el aire acondicionado no es común, su empleo se debate entre la necesidad de aliviar el calor y la preocupación por la contaminación. Solo se permiten los modelos portátiles, mientras que los sistemas fijos requieren permisos de las alcaldías o los consejos de edificios. En el sur del país, por el contrario, el uso es más aceptado, pero en zonas históricas como París, los arquitectos estatales imponen limitaciones para preservar el patrimonio. Una residente solicitó permiso para instalar persianas enrollables en un departamento del siglo XIX, pero la respuesta fue negativa.

El calentamiento extremo no es un fenómeno aislado. El observatorio Copernicus reveló que junio fue el más caluroso de la historia europea, con una temperatura media de 20,74ºC, 3 grados por encima del promedio del periodo 1991-2020. Esta tendencia agudiza el debate sobre cómo gestionar el uso de tecnologías que, aunque vitales, generan polémica. Los responsables del patrimonio histórico argumentan que su protección exige limitar modificaciones, mientras que los modernizadores, incluido el gobierno, presionan por soluciones que permitan adaptarse al clima.

La tensión se refleja en la cotidianidad. En el sector de la electricidad, los proveedores enfrentan demandas insostenibles, y la población se enfrenta a una elección entre soportar el calor o pagar por equipos que no llegan. Este escenario pone de relieve las contradicciones entre la necesidad de adaptación y las normas que, aunque bienintencionadas, enclavan a las ciudades en una lucha contra el clima.

El gobierno se mueve para impulsar modernizaciones, pero las restricciones de patrimonio y medioambiente continúan limitando las opciones. La crisis del aire acondicionado revela los desafíos de equilibrar confort, historia y sostenibilidad en una Europa que enfrenta el cambio climático.