Rostro de venganza y tensión: el entierro de Khamenei en Irán.
Khamenei sepultado en Irán bajo amenaza de conflicto con EE.UU.
El líder supremo fue enterrado en Mashhad tras días de ceremonias con tono belicoso. La población exige represalias tras el ataque israelí-estadounidense que lo mató. Su hijo sigue ausente y las autoridades anuncian nuevos ataques en la región.
El cuerpo de Ayatollah Ali Khamenei, muerto en un ataque conjuntamente llevado a cabo por Israel y Estados Unidos el 28 de febrero, llegó este jueves al aeropuerto de Mashhad, en el noreste de Irán. La ciudad, cuna de los chiísmos, se llenó de miles de personas que, bajo un calor sofocante, participaron en una ceremonia que mezcló luto y retórica belicista. Las autoridades describieron las exequias como una demostración de unidad nacional, pero en las calles se escuchaba un murmullo de descontento hacia los países occidentales.
El féretro, cubierto de banderas iraníes, fue acompañado por grupos de mujeres vestidas en chadores negros, quienes se congregaron en la avenida que conduce al mausoleo del imán Reza, el santuario más importante del islamismo chiita. Allí, tras una serie de rituales, el líder fue sepultado al lado de su hijo, quien ya no aparece en público desde su nombramiento como sucesor en marzo. La ausencia de Mojtaba Khamenei, herido durante los bombardeos que lo llevaron a la muerte, generó especulaciones sobre su estado de salud y su capacidad para dirigir el país.
Las tensiones se intensificaron en las últimas horas. La conexión ferroviaria entre Teherán y Mashhad fue interrumpida tras un ataque, según informó la empresa estatal. En los alrededores del maus de Khamenei, familias con niños llevaron gorras con las banderas de Irán, mientras que voluntarios y equipos de socorro se movilizaban para garantizar la seguridad. Las autoridades confirmaron que hay amenazas de ataques cruzados entre Irán y Estados Unidos, lo que podría reavivar la crisis en Oriente Medio.
En un ambiente de fervor religioso y frustración, los iraníes mostraron su deseo de venganza. «Todo el mundo aquí quiere vengarse», afirmó una mujer en la multitud. La muerte de Khamenei, que dirigió la república islámica durante 37 años, se convierte en un símbolo de resistencia y una llamada a la acción. Mientras tanto, el escenario político se vuelve más oscuro: el gobierno se prepara para responder a las provocaciones, pero el liderazgo interino, aún en manos de un joven y herido sucesor, enfrenta el reto de mantener la cohesión en un país dividido.
La ceremonia de Khamenei no solo fue un acto religioso, sino también una declaración de intenciones para una región en llamas. Con la suspensión de la ferroviaria y la retórica de sangre, el conflicto parece lejos de suceder. La muerte del líder, en un contexto de retórica belicista, deja en manos de su hijo una herencia de tensión y desafíos que podrían definir el futuro del norte de Irán.
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