FIFA atraviesa una crisis de poder tras decisión de capitalizar la organización

La apertura al capital privado como revolución interna

El paso en falso de Infantino fue la idea de abrir parte de los negocios de la FIFA al capital privado. No le alcanzó con todas las innovaciones que impulsó en sus diez años al frente de la organización, como ampliar de 32 a 48 la cantidad de selecciones en los Mundiales, coquetear con la posibilidad de llevar el torneo de 2030 a 64 equipos —que, de por sí, se disputará en seis países y tres continentes distintos— o celebrar la primera edición de un multitudinario Mundial de Clubes. Su gestión también lo mostró sonriente en Medio Oriente, cercano a los jeques e íntimo de Donald Trump en la Casa Blanca, mientras fortalecía lazos en distintos puntos del planeta, especialmente en Sudamérica.

La batalla por el poder en una FIFA en crisis

Sin embargo, otra enseñanza que deja *Game of Thrones* es que ganar batallas no implica ser invencible. Y al ítalo-suizo le llegó su propia Boda Roja, el capítulo más dramático de la saga escrita por George R. R. Martin. Había atravesado con éxito el Mundial 2026, le había entregado la Copa del Mundo a España y había celebrado la presencia de Lionel Messi hasta el último partido. Pero unos días después dio un paso más: impulsó la creación de FIFA Forward Enterprise (FFE), una nueva empresa comercial valuada en unos 20.000 millones de dólares, separada de la estructura tradicional de la FIFA y destinada a gestionar los negocios y las competencias de la organización. La iniciativa contemplaba vender hasta el 20 por ciento de esa compañía a inversores privados y recaudar unos 4.200 millones de dólares.

Las consecuencias de un paso que podría cambiar la historia

La decisión no fue fácil de digerir. Internamente, la FIFA vive un clima de tensión que parece sacado de una serie de fantasía. Aunque Infantino buscaba modernizar la organización, el proyecto de capitalización generó críticas desde sectores que ven en la privatización una amenaza al modelo de control centralizado. Para algunos, el movimiento era una manera de evitar la dependencia de fondos públicos, pero para otros, era un intento de consolidar poder a costa de la independencia institucional. En el escenario, la creación de FFE no solo alteró las reglas del juego, sino que también abrió espacio para alianzas inesperadas y conflictos latentes.

La lucha por el trono continúa

El debate no se limita a los números. La FIFA, desde su nacimiento, ha sido un ente donde la política y el fútbol se entrelazan. Infantino, que llegó al poder prometiendo reformas, ahora enfrenta una situación en la que las expectativas se enfrentan con la realidad. Su apuesta por el capital privado se inscribe en un contexto de crisis financiera global, donde las organizaciones sin fines de lucro son vistas con desconfianza. Pero el riesgo es que, al abrir las puertas, se deje entrar a actores que no comparten los mismos intereses que la institución.

¿Un intento de salvación o un error de cálculo?

Los analistas destacan que el proyecto de FFE se diseñó para mitigar la dependencia de los gobiernos y generar ingresos estables. Sin embargo, la complejidad de la estructura —que incluye 21 accionistas y una junta directiva independiente— genera incertidumbre. Para muchos, el camino hacia la modernización no puede ser solo económico. En la FIFA, la lucha por el poder no se resuelve solo con dinero, sino con alianzas estratégicas, gestión transparente y un modelo que sea visto como justo. Sin eso, la rebelión interna no se detendrá.

La decisión de Infantino no solo redefine la cara de la FIFA, sino que también prueba los límites de su liderazgo. En un entorno donde la competencia interna es más feroz que el fútbol en sí, el éxito de esta apertura dependerá de cómo se gestione el equilibrio entre el control y la autonomía. La pregunta que queda es: ¿Habrá un nuevo rey en la corte del fútbol mundial, o se abrió el camino para una guerra de poder sin fin?