Matías Gil (31), acusado de participar en el homicidio triplemente agravado de Fernando Pérez Algaba (41), llegó a la sala de juicio con un buzo naranja manchado, que alegó que su madre no había lavado. «Yo les pregunto, si alguien va a cometer un delito, ¿se pone este buzo color fluo que se ve de cualquier lado?», dijo en un gesto que buscó desvirtuar su vinculación con el crimen. El hecho se ubicó en el predio «Renacer» de General Rodríguez, donde la fiscal Marcela Dimundo sostuvo que los acusados planearon trasladar el cuerpo de la víctima, descuartizarlo y hacer desaparecer sus restos, encontrados finalmente en el Arroyo del Rey, en Lomas de Zamora.

El caso involucra a Gil, su jefe Maximiliano Pilepich (48) y Nahuel Vargas (46), todos acusados de un plan coordinado. La defensa de Gil, encabezada por Yamil Castro Bianchi, argumentó que su cliente era «un perejil», un término que usó como metáfora para describir su apariencia física y su inocencia. «¿Saben qué es esto? Esto es un perejil, igual que mi defendido», dijo el abogado, mientras mostraba una rama verde. La estrategia buscó desestabilizar la narrativa de la fiscalía, que presentó testimonios de la familia de la víctima.

Rodolfo Pérez Algaba (62), hermano de la víctima, declaró a favor de Gil, describiéndolo como un «che pibe» y un «empleado» que no debía estar en el banquillo de los acusados. Pilepich, por su parte, lo presentó como «amigo» y «trabajador» que estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado. Vargas, a su vez, lo señaló como alguien que «cumplía órdenes». La defensa de Gil aprovechó estos testimonios para construir una narrativa de desvinculación, aunque la fiscal insistió en la coordinación del crimen.

La audiencia, que se prolongó días antes del veredicto, terminó con un cierre que destacó la ambigüedad del caso. El abogado de Gil pidió al jurado que considerara que su cliente era «no culpable» del delito imputado, recordando que «la vida no es un cuentito de cuento». La decisión final, que podría condenar a los tres acusados, sigue abierta, pero el uso del buzo y la rama de perejil dejó un sello en el debate.

El juicio reforzó la complejidad de casos donde la narrativa defensiva intenta reinterpretar los hechos. La estrategia de Gil, aunque inusual, resalta la influencia de los testimonios y la simbología en la construcción de la verdad judicial. La próxima etapa dependerá de la decisión del jurado, que deberá ponderar el peso de las pruebas y las argumentaciones opuestas.