La leche, durante décadas vista como un alimento esencial en el desayuno, ahora vuelve a ser protagonista en el debate científico. Estudios recientes desmontan mitos arraigados como el supuesto riesgo de enfermedades cardiovasculares o la idea de que el consumo en adultos es perjudicial. Un análisis poblacional en Galicia con 850 personas reveló que apenas un 2% de los participantes experimentó síntomas tras consumir cantidades normales de leche o yogur.

El debate gira en torno a una adaptación genética que permite a muchos adultos digerir la lactosa sin problemas. Aunque una parte de la población pierde esta capacidad tras la infancia, otros mantienen la enzima activa gracias a una mutación genética. Esta realidad desafía el mito de que los adultos deben evitar los lácteos. «No existe base para recomendar su abandono», afirma un especialista en nutrición, al destacar que la lactosa no es un factor determinante en la salud de los mayores.

Un metaanálisis de 2026, basado en 29 cohortes y más de 1,6 millones de participantes, dibuja una curva «U» entre el consumo de lácteos y la esperanza de vida. Los investigadores encontraron que una ingesta moderada reduce riesgos cardiovasculares, mientras que excesos podrían generar efectos negativos. «La clave está en la dosis», explica uno de los autores, quien subraya que la leche no es un alimento malo, sino uno de los muchos que deben equilibrarse en la dieta.

El mito de que la leche aumenta la mortalidad también fue desmentido por una revisión de 2021. Los datos muestran que, en la mayoría de los escenarios, el impacto de los lácteos es neutro o incluso beneficioso. Por ejemplo, la inclusión de productos lácteos en dietas mediterráneas se asocia a una menor incidencia de enfermedades crónicas. «La ciencia lo tiene claro: la leche no es el enemigo», resalta otro experto, al destacar que su consumo debe adaptarse a necesidades individuales y contextos culturales.

La leche no es un alimento prohibido para adultos, sino una opción que, cuando se consume en cantidades moderadas, puede ser parte de una dieta saludable. La clave está en la dosis y en la individualización del consumo, según el metaanálisis más reciente. La nutrición personalizada sigue siendo el camino para aprovechar al máximo los beneficios de los lácteos sin descuidar la salud.