Lionel Messi volvió a ser el héroe de la Selección. En el triunfo 3-0 sobre Argelia, el 10 del fútbol mostró su mejor versión, como si nada hubiera pasado. La cancha lo acogió con una ovación que lo convirtió en el centro del mundo. Su triplete fue más que un acto técnico: fue una declaración de intenciones.

Aunque el partido fue un paso adelante, lo que realmente destacó fue el abrazo colectivo que le dio el plantel. Sus compañeros lo rodearon en el área, como si estuvieran protegiéndolo de algo invisible. Ese gesto no fue casual. Fue un mensaje: aquí no hay lugar para el desgaste.

En las redes, se especuló sobre los días difíciles que pasó Messi. Pero el propio jugador dejó en claro que esos momentos no interfirieron en su rendimiento. «Estuve agradecido con todos», confesó en el vestuario, y sus palabras se convirtieron en un abrazo de todo el equipo.

El respeto entre los jugadores no es algo que se pide. Se construye. Y el capitán lo demostró con cada pase, cada carrera, cada gol. A sus 38 años, no se hace viejo. Se hace leyenda.

El Mundial 2026 será su nuevo escenario. Pero lo que importa es que, aún con la presión de un pasado complicado, Messi sigue siendo el mismo: el que convierte el partido con un toque, el que da fuerzas a su equipo y al mundo que lo sigue. La Selección lo tiene en el centro. Y lo mantendrá allí.