Leo Messi no llora por suerte. Llama al llanto como un reflejo de su alma, un acto casi ritual. En Kansas City, con el hat trick ante Argelia, intentó contener el torrente, pero el gol fue más que un logro: fue una explosión emocional que lo devolvió a sus raíces.

En la Copa América Centenario, el penal fallado fue un espejo de su vulnerabilidad. Las lágrimas de entonces no eran solo dolor, sino un grito de injusticia. Y en 2021, al despedirse del Barça, miró a su familia y se derrumbó. Antonela Roccuzzo le dio un pañuelo a la vista de todos, como si ese gesto fuera el colofón a una vida compartida.

También lloró en Miami, cuando una barrida de Arias lo dejó fuera de la Copa América 2024. Pero ahora, en el debut mundialista, las lágrimas lo acompañaron de nuevo. El terremoto emocional no fue solo por el partido: fue un homenaje silencioso a su Argentina.

Las lágrimas de Messi son más que un detalle. Son un lenguaje que atraviesa el fútbol, un eco de un amor que no se mide en goles, sino en raíces.