Luisa Gavasa, actriz de 75 años y reconocida en el cine y el teatro español, aborda en una conversación relajada temas que van desde su juventud hasta su visión actual de la feminidad. En una entrevista en Zaragoza, donde nació en 1951, asegura que en su época las mujeres eran vistas como «la enemiga que te quitaría el marido», pero hoy «hay una solidaridad femenina tremenda». Su reflexión se entrelaza con la estrenada película «Ancestral», dirigida por Marta Cabrera y Pablo Aragües, que reinterpreta la mitología del akelarre con actrices de edad avanzada.

La cinta, protagonizada exclusivamente por mujeres, incluye a Gavasa, Emma Suárez, Ana Fernández y Consuelo Trujillo, quienes mantienen una amistad consolidada desde «La novia» (1999). «Consuelo, Ana y yo tenemos un grupo de WhatsApp llamado Las Lorcas», explica, mientras menciona a Emma como «una campeona». Para Gavasa, el proyecto es un espejo de su visión de la mujer: «Las maduras tenemos mucho que contar, y no es solo por la edad, sino porque aportamos experiencia».

Aunque se identifica como «feminista de las de antes», cuando serlo era tabú, Gavasa aborda el envejecimiento con naturalidad. «Hace 30 años decidí que iba a envejecer como tuviera que ser, y en eso estoy», confiesa, revelando su rutina en el gimnasio, donde ya maneja mancuernas de ocho kilos y prepara boxeo para septiembre. Su enfoque no solo se limita al arte: recomienda agua caliente con miel y limón para la garganta, un consejo que atribuye al director Miguel Narros.

La actriz, ganadora del Goya a mejor actriz de reparto por «La novia», recibe el Faro de Plata en el Festival de Cine de l’Alfàs del Pi. La distinción le da motivo de orgullo, tanto por su legado artístico como por «los faros de su vida»: su abuelo, padre y madre. «Llevo el Mediterráneo en la sangre y siempre he querido morir cerca», afirma, sin embargo, con humor: «No tengo ninguna prisa en morirme».

Gavasa combina su legado en el cine con una mirada crítica sobre la evolución del feminismo, mientras aborda con naturalidad el envejecimiento como una conquista, no una pérdida. Su trayectoria, teñida de lucha y resiliencia, se convierte en un testimonio de cómo las mujeres pueden reinventarse en cada etapa de la vida.