Imaginar cañones antiaéreos cubiertos de redes de pesca parece absurdo. Pero en Taiwán, esa imagen simboliza un cambio radical en la guerra moderna. La isla ha comenzado a blindar algunos sistemas Skyguard con estructuras metálicas y mallas para evitar que drones baratos, que cuestan cientos de euros, ataquen directamente sus armas. La medida recuerda a los cables que la RAF usó en 1940 para frenar aviones alemanes que volaban rasantes, pero ahora el enemigo es mucho más pequeño y accesible.

La amenaza de drones no es nueva, pero su impacto en las defensas aéreas sí. Durante décadas, los sistemas antiaéreos estuvieron diseñados para combatir aviones, helicópteros o misiles. Hoy deben afrontar un enemigo completamente distinto: drones de pequeño tamaño que pueden acercarse al suelo y atacar desde abajo. Estos dispositivos, controlados por operadores o autónomos, son económicos y versátiles, lo que los convierte en una herramienta peligrosa para estados con recursos limitados.

Taiwán, que enfrenta una tensión creciente con China, ha asumido que incluso armas avanzadas pueden ser vulnerables si no están protegidas. Los drones FPV (con controlador en tierra) pueden acercarse a los cañones, pasar por sus sensores y atacar en lugar de ser detectados. Un escenario hipotético es que Pekín use drones no solo para atacar, sino también para recopilar datos, retransmitir señales o saturar las defensas taiwanesas hasta que se agote la munición. La idea es desviar la atención antes de que llegue la amenaza principal.

El sistema Skyguard, fabricado en Suiza, sigue siendo clave en la defensa aérea de Taiwán. Sus cañones de 35 mm usan munición programable AHEAD, que explota delante del objetivo para derribar drones o misiles. Precisamente por su utilidad, protegerlo se convirtió en una prioridad. La medida no solo refleja la evolución de la guerra, sino también la necesidad de adaptar tácticas antiguas a una realidad donde el enemigo puede ser tan pequeño como una mochila.

La decisión de Taiwán muestra cómo la guerra moderna no se juega solo con armas, sino con la capacidad de anticipar amenazas. La combinación de antiguas estrategias con tecnologías emergentes define el nuevo frente. En este escenario, incluso los drones más simples pueden convertirse en armas de estrategia.