Cuando llega el verano, el cuerpo se adapta a las temperaturas altas, generando una sensación de «hambre ligera». Esto se traduce en una dieta más fresca, con alimentos como ensaladas, pero que carece de nutrientes esenciales. La biología explica que el calor disminuye el apetito, lo que se confirma en estudios científicos.

Un experimento del 2021 demostró que, al exponer a hombres sanos a 30°C, su consumo de alimentos durante el almuerzo cayó significativamente en comparación con quienes estaban a 20°C. Además, la percepción de hambre antes de comer se redujo drásticamente. En España, un estudio de 2005 reveló que en verano comemos menos calorías y nutrientes que en invierno, con un 70% de la población sin cubrir sus necesidades mínimas.

La trampa de «comer ligero» no es solo un hábito, sino un riesgo. Las ensaladas, aunque saludables, no aportan suficientes proteínas, vitaminas o minerales. La dieta debe equilibrarse, incluso en verano, para evitar desnutrición.

La reducción de apetito en verano puede afectar la nutrición. Es clave ajustar la alimentación, incluyendo proteínas y nutrientes, para evitar déficits. La clave está en variar los alimentos, no en comer menos.