El crecimiento de las estafas online y el uso de herramientas digitales por parte de organizaciones criminales reavivó el debate sobre cómo adaptar las políticas de seguridad a un escenario donde el delito opera tanto en la calle como en la red.
En Lanús, la seguridad enfrenta un desafío moderno: combinar vigilancia física y digital
La ciudad vive un escenario donde ciberdelitos y crimen organizado usan tecnología para operar. Diego Kravetz y autoridades analizan cómo adaptar las políticas de seguridad a este nuevo contexto.
Lanús atraviesa un momento de transformación en materia de seguridad. A los problemas tradicionales vinculados al delito en la vía pública se suman nuevas amenazas asociadas al mundo digital: estafas online, ataques informáticos, robo de datos y campañas de desinformación que afectan a ciudadanos, empresas e instituciones.
Diego Kravetz sostuvo recientemente que la seguridad del siglo XXI exige que el Estado tenga capacidad de actuar de manera simultánea sobre el territorio físico y el digital. Según planteó, las organizaciones criminales incorporaron tecnología para coordinar operaciones, ocultar actividades y ampliar su alcance más allá de las fronteras geográficas.
En un distrito densamente poblado y altamente conectado como Lanús, la digitalización de la vida cotidiana —desde los servicios públicos hasta las operaciones bancarias y las redes sociales— abrió también nuevas oportunidades para el delito. Especialistas en seguridad advierten que muchas de las amenazas actuales son “híbridas”, es decir, combinan acciones digitales con consecuencias concretas en la vida real.
El desafío para las autoridades es integrar herramientas de inteligencia, investigación criminal y ciberseguridad en un mismo esquema operativo. Esto implica no solo incorporar tecnología, sino también capacitar personal, mejorar la coordinación entre organismos y actualizar los marcos de actuación frente a delitos que cambian con rapidez.
La preocupación ya se percibe entre los vecinos del distrito. Cada vez son más frecuentes las denuncias por fraudes a través de aplicaciones de mensajería, falsas promociones bancarias, suplantación de identidad y accesos no autorizados a cuentas personales. Para muchos ciudadanos, la seguridad dejó de ser únicamente la presencia policial en las calles y pasó a incluir la protección de sus datos y de sus actividades digitales.
El debate, sin embargo, no se limita a Lanús. En distintos puntos del país se discute cómo modernizar las políticas de seguridad sin avanzar sobre derechos fundamentales como la privacidad y la libertad de expresión. La incorporación de sistemas de vigilancia, análisis de datos y monitoreo digital suele generar tensiones entre la necesidad de prevenir delitos y la obligación de garantizar controles legales y democráticos.
En ese contexto, la experiencia de los municipios del conurbano bonaerense aparece como un laboratorio de los cambios que atraviesa la seguridad pública en la Argentina. La combinación de amenazas físicas y digitales obliga a repensar estrategias, recursos y capacidades estatales para responder a una delincuencia cada vez más tecnológica y difícil de rastrear.
Mientras el delito se adapta a la era digital, Lanús enfrenta el reto de construir un modelo de seguridad que no solo patrulle las calles, sino que también proteja a la comunidad en el entorno virtual donde hoy transcurre buena parte de la vida cotidiana.
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