La Argentina logró esta semana la certificación de los aviones F16, un hito técnico que el ministro de Defensa, Carlos Presti, describió como un «logro de gestión». El proceso, denominado «Peace Cóndor», permitió a cuatro pilotos operar los jets sin la supervisión de instructores, una capacidad que el gobierno subrayó como un avance estratégico. Sin embargo, detrás de este anuncio se vislumbra una crisis interna en la Fuerza Aérea: el personal, incluyendo técnicos y pilotos, abandona el servicio por salarios que no cubren sus necesidades.

El fenómeno no es nuevo, pero la dimensión se agrava. Según fuentes militares, ya se registraron más de 2 mil renuncias en los primeros meses del año, muchos de ellos en áreas técnicas. «Los ingenieros y pilotos no tienen condiciones para permanecer», sostiene un militar que pide anonimato. Uno de los casos más llamativos fue el de un ingeniero aeronáutico que dejó el Ejército para trabajar en una empresa energética cordobesa, donde percibe un sueldo «de $4 millones mensuales», según reveló Clarín.

Los pilotos de los F16, por su parte, perciben alrededor de $1,2 millones mensuales, pero su situación no es más alentadora. Aunque se espera una suba salarial para los estatales, incluyendo complementos por títulos y suplementos de vuelo, las fuentes consultadas indicaron que estos incrementos no resolverían el problema. «El aumento del suplemento aún no fue autorizado», explica un funcionario del ministerio de Defensa. En tanto, algunos pilotos recurren a plataformas como Uber para generar ingresos adicionales, una práctica que refleja la falta de visión en la política de retribución.

El éxodo de personal no afecta solo a técnicos, sino también a figuras clave. En el caso de los helicópteros presidenciales, se registraron salidas de pilotos cuya formación es costosa y requiere años de entrenamiento. «La rotación de personal en el sector aéreo es crítica», afirma un analista militar. La situación plantea una contradicción: el gobierno celebra avances en tecnología, pero el modelo de gestión humano se resiente.

La paradoja del Ejército argentino refleja una gestión que prioriza la modernización técnica sobre el bienestar de su personal, lo que alimenta la fuga de talento y complica la sostenibilidad del sistema.