Leticia Victoria Nieva, de 25 años, vive en General Roca, Río Negro, donde es profesora de danza clásica y contemporánea. Decidió cambiar su apellido, adoptando el de su madre adoptiva, una docente que la apoyó en la infancia. «No hablo con mi abuelo Alberto Lebbos desde hace más de siete años», sostiene.

El 6 de mayo terminó el cuarto juicio por el femicidio de Paulina Lebbos, que fue absuelto a César Soto, su ex pareja y padre de Leticia. La joven, quien creció bajo la sombra de la impunidad, eligió no ser querellante. «Es importante hablar de las víctimas de femicidios y de los hijos que quedan», afirma.

La joven enfrentó desde la infancia el peso de su apellido, vinculado al crimen. «Ser hija de Paulina Lebbos significó vivir con un relato al hombro», explica. Aunque reconoció su identidad como «víctima», prioriza denunciar las fallas institucionales. Sus rulos, ojos y pelo larguísimo reflejan su herencia, pero también su lucha por la justicia.

Leticia Nieva sigue buscando respuestas en un proceso judicial que no le devolvió el derecho a la verdad. Su historia, marcada por la impunidad, se convierte en un testimonio de la necesidad de visibilizar a las víctimas de femicidios.