El jueves, poco antes de las 11, Javier Milei cambió los planes previstos para su gabinete al convocar a sus ministros a la Catedral Metropolitana. En lugar de proseguir con agendas normales, el mandatario decidió aprovechar el Tedeum para anunciar una reforma radical de la Carta Orgánica del Banco Central. El proyecto, que busca eliminar el financiamiento al Tesoro y sancionar a funcionarios que avalen la emisión monetaria, se presentó como parte de su legado, aunque contradice su promesa electoral de cerrar el organismo.

La reunión de más de una hora con el gabinete fue clave para alinear a los ministros. Milei, en un tono más cercano que en semanas anteriores, minimizó sus críticas hacia funcionarios y llamó a «hacer bien su trabajo». La frase, interpretada como un gesto de conciliación, fue recibida con cierta desconfianza, especialmente por Diego Santilli, quien se mostró incómodo al reírse. La reacción de Santilli, el primer halago directo del presidente hacia un ministro desde su asunción, destacó la tensión interna en la gestión.

En los últimos meses, la relación entre Milei y su entorno ha sido marcada por deserciones. Tres coordinadores de ministerios han dejado su cargo en menos de dos años, algo que las fuentes políticas vinculan a diferencias ideológicas y falta de alineación con la estrategia del jefe de Estado. La reforma del Banco Central, que busca un control más estricto sobre la emisión monetaria, se enmarca en un esfuerzo por redefinir su agenda institucional y consolidar su autoridad en un gobierno cuestionado por la fragilidad de su base de apoyo.

La decisión de reorganizar la agenda refleja la necesidad de Milei de reafirmar su control en un gabinete que enfrenta desafíos de cohesión. El anuncio de la reforma, aunque no resuelve problemas estructurales, busca marcar una ruptura con la gestión anterior y proyectar un rumbo distinto. Sin embargo, el impacto en la estabilidad del plan económico y las relaciones internas sigue siendo incierto, especialmente en un contexto de incertidumbre política y macroeconómica.

La reforma del Banco Central se convierte en un símbolo de la lucha interna del gobierno y su intento de redefinir la agenda. Sin embargo, la complejidad de los desafíos institucionales y económicos pone en evidencia la fragilidad de la estrategia del presidente en un escenario de tensiones crecientes.