Hoy en día, el termómetro es un elemento básico en los coches, pero en la década de 1970 no estaba en el cuadro de instrumentos. Muchos vehículos de lujo estadounidenses lo ubicaban en el espejo del conductor.

Este invento era una solución ingeniosa para conocer la temperatura exterior. Funcionaba con un mecanismo de muelle hecho de dos metales con coeficientes de dilatación distintos. Al cambiar la temperatura, el muelle se expandía o contraía, girando un tambor que mostraba la lectura en una escala graduada.

Los fabricantes incluían iluminación en el accesorio, usando bombillas o fibra óptica que provenía del tablero. Era un detalle de lujo en un contexto donde marcas como Cadillac o Chrysler competían por ofrecer equipamientos extravagantes.

El termómetro en el retrovisor fue una muestra de ingenio mecánico en la era pre-electrónica. Hoy se lo recuerda como un detalle que marcó la evolución de los instrumentos en el automóvil.