La crisis del peronismo, exacerbada por la gestión fallida de Alberto Fernández, deja huellas en las provincias. El Partido Justicialista (PJ), que gobierna siete provincias —Buenos Aires, Catamarca, Formosa, La Pampa, La Rioja, Salta y Tucumán—, enfrenta una división interna que pone en riesgo su presencia en las urnas. En Córdoba, el gobernador Martín Llaryora, alineado con Juan Schiaretti, opera en un espacio distante de la cúpula nacional, lo que alimenta la preocupación sobre una «balcanización» del partido.

En La Rioja, una de las provincias bajo su control, la situación se agrava. El gobernador Ricardo Quintela, que termina su mandato este año, no podrá postularse de nuevo. En su lugar, se perfilan candidatos como la vicegobernadora Teresita Madera, el senador Florencia López (con aval de Cristina Kirchner) y la diputada Gabriela Pedrali, esposa de Quintela. Sin embargo, el peso del apellido Quintela en la provincia y la influencia del clan familiar generan inquietud dentro del peronismo local. «Martín Menem perdió y va a seguir perdiendo. No va a ganar nunca», sostuvo Quintela en una entrevista, una frase que resalta la desconfianza hacia la tradición política en el norte argentino.

El desgaste no se limita a La Rioja. En Tierra del Fuego y Santiago del Estero, el PJ se apoya en aliados de origen radical o local, como Elías Suárez en Santiago del Estero, un delfín de Gerardo Zamora. Esta fragmentación, combinada con la ausencia de un plan común, deja al partido sin un proyecto coherente para las elecciones de 2027. «No hay una estrategia unificada, lo que genera desgaste interno y dificulta la coordinación», explicó un analista político en un entorno cercano al espacio.

La situación refleja un contexto más amplio: el peronismo, aunque sigue siendo el partido más votado en la Argentina, enfrenta una crisis de identidad. La falta de liderazgo y la multiplicación de bloques internos complican su capacidad para competir en escenarios regionales. La pérdida de provincias, como las que ya se ven en zonas clave, podría ser el indicador de un desgaste que se prolonga más allá de la política nacional.

La incertidumbre sobre el futuro del peronismo en 2027 se profundiza con la pérdida de mandatos y la fragmentación de su base. La falta de un proyecto común y la presión por el liderazgo generan tensiones que, si no se resuelven, podrían acelerar su declive en las provincias.