Pasear por Málaga significa cruzar carteles azules con «AT», abreviatura de «apartamentos turísticos». Esos letreros, que existen desde hace décadas, ahora llevan pegatinas que denuncian la presión turística. Frases como «Alcalde Tusmuerto» o «A Tu puta casa» muestran cómo la comunidad local canaliza su frustración.

El conflicto se remonta a 1795, cuando Kant desarrolló una idea sobre la hospitalidad. Para el filósofo, visitar una ciudad no implicaba reorganizarla según gusto propio. En «Sobre la paz perpetua», criticó cómo las potencias occidentales usaban la idea de hospitalidad para justificar colonias y expulsiones.

La distinción está en los detalles: un turista puede recorrer un lugar, pero no redefinirlo. En Málaga, esa tensión se hace visible. La ciudad, como muchas otras, enfrenta el dilema de equilibrar el turismo con la preservación de su cultura y espacio.

La discusión entre turismo y hospitalidad sigue vigente. Kant alertó hace 230 años sobre los riesgos de la imposición, una lección que hoy se repite en calles como las de Málaga.