La reforma de la Seguridad Social de 2011, aprobada mediante la Ley 27/2011, retrasó progresivamente la edad de jubilación. Desde entonces, cada año el requisito se eleva, complicando aún más la salida al retiro. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), la esperanza de vida tras la jubilación supera los 20 años, pero eso no garantiza que los trabajadores lleguen a ese final en plenas condiciones físicas.

Alfonso Muñoz Cuenca, funcionario especializado en pensiones, destacó el caso de una mujer de 65 años con 25 años cotizados que, pese a su deseo de jubilarse, enfrenta una realidad cada vez más difícil. «Hay trabajadores que a duras penas pueden llegar a los 67 años», dijo en un video. La normativa actual exige, para 2026, 38 años y 3 meses de cotización para jubilarse a los 65. Quienes no cumplan, tendrán que esperar hasta los 66 años y 10 meses.

El sistema de pensiones se diseñó en una época en que los jubilados vivían unos 7 años después de dejar el trabajo. Hoy, la esperanza de vida es más larga, pero la carga física no se adapta. Los requisitos laborales actuales son más exigentes, lo que genera un desgaste que no siempre se detecta. Muñoz Cuenca advierte que este fenómeno se repite año tras año, dejando a muchos trabajadores en una situación de vulnerabilidad.

La reforma de 2011 ha modificado profundamente el acceso a la jubilación. Aunque la normativa busca equilibrar el sistema, el impacto físico en los trabajadores se vuelve más evidente. La adaptación a esta realidad requiere cambios en el diseño de las políticas laborales y de salud.