Donald Trump retiró este jueves el Boeing 747-200B, el histórico avión que trasladó a los presidentes estadounidenses durante tres décadas, y se puso a prueba la aeronave donada por Qatar, una decisión que levantó críticas sobre conflictos de interés y protocolos de seguridad. El aparato, identificado como 29000, realizó su último vuelo la madrugada anterior, trasladando a Trump de regreso a Washington tras la cumbre del G7 en Francia.

El ex mandatario dejó de usar la aeronave tras su último trayecto, mientras que el otro Boeing 747, matrícula 28000, sigue sin registrarse desde el 2 de junio. Su último movimiento fue un aterrizaje en Greenville, donde también se encuentra alojado el avión qatarí. En redes sociales, el director de Comunicaciones de la Casa Blanca, Steven Cheung, publicó un mensaje homenajeando la aeronave: «Bien hecho, buen y fiel siervo. El último viaje», acompañado de una imagen del Boeing en servicio durante la Administración de George H. W. Bush.

El Pentágono aceptó el donativo de Qatar, aliado clave en Medio Oriente, pese a las dudas sobre la ética y la seguridad del avión. La aeronave, remozada en Texas, fue pintada con colores rojo, blanco y azul, en contraste con el esquema tradicional. Se usará de forma temporal como Air Force One mientras Boeing completa la construcción de dos aviones encargados durante el primer mandato de Trump.

El republicano ya expresó frustración por los retrasos en la entrega de esos aviones, que podrían estar listos cuando ya haya terminado su segundo y último periodo. La decisión refleja un desgaste simbólico de la tradición presidencial y un giro hacia alianzas regionales, aunque sin resolver las preocupaciones sobre transparencia.

La transición de Air Force One pone de relieve la tensión entre legado y modernización, mientras que la donación qatarí resalta la complejidad de las relaciones internacionales en la era de Trump. La cuestión no solo abarca seguridad, sino también la percepción de legitimidad en una figura política marcada por controversia.