Mientras millones de argentinos procesaban la eliminación de la selección en el Mundial, Javier Milei transformó la tristeza en un frente ideológico. El Presidente abrazó la idea de una campaña externa contra el país, usando frases atribuidas a Víctor Hugo y citando voces internacionales, desde políticos estadounidenses hasta figuras como Rosalía y Mia Khalifa. Esta postura reconfigura la narrativa oficial, que durante el torneo había enfrentado críticas por errores en su manejo de la competencia.

El gobierno, según Milei, ha sido víctima de una campaña coordinada que incluye a la oposición más dura. En un comunicado, el Presidente respaldó a Agustín Laje, líder del think tank Faro, quien acusó al kirchnerismo de «validar el wokismo» y promover la idea de que los jugadores eran «desclasados». Laje sostuvo que el oficialismo alimentó el odio hacia Messi y difundió la mentira de que la selección ganaba gracias a árbitros y la FIFA. Esta narrativa busca redefinir el debate cultural, posicionando al Estado como víctima de una conspiración.

La polémica se inscribe en un contexto de tensiones entre el gobierno y sectores críticos, donde la Copa del Mundo fue un campo de batalla para proyectar diferentes visiones de la identidad nacional. Milei, en su rol de defensor de la «libertad», ha usado la derrota para reforzar la idea de que el país enfrenta una «guerra cultural» liderada por fuerzas extranjeras. Esta estrategia, sin embargo, ignora críticas internas sobre el manejo de la gestión del torneo, que generó divisiones en la propia élite política.

La alianza entre el Ejecutivo y figuras como Laje refleja un intento de consolidar un frente contra lo que se denomina «wokismo». Esta discusión, aunque cargada de términos retóricos, resurge en un escenario donde las narrativas políticas se entrelazan con la identidad colectiva. La derrota de la selección, en este marco, no solo es un evento deportivo, sino un símbolo de un conflicto más amplio que involucra valores, poder y percepciones nacionales.

Esta estrategia busca redefinir el debate público, vinculando el éxito deportivo con la lucha ideológica, pero ignora críticas sobre la gestión del Mundial, lo que podría generar tensiones dentro y fuera del gobierno.